El compañero más majo de la oficina

El compañero más majo de la oficina

Una columna de Ramona Blanco García Wolff

Era el compañero más majo de la oficina. Siempre. Preguntaba cómo estabas, y parecía de verdad. Ofrecía ayuda antes de que la pidieras. Decía frases como: «Mi única tarea es sacar lo mejor de cada uno de vosotros». Y todos le creían. Yo también.

Ese era su mayor talento.

El encanto como arma

Era cálido. Atento. Interesado. Hacía preguntas que iban más allá de la charla habitual entre compañeros. Conseguía crear una confianza que en el entorno laboral normalmente no existe. Le contabas cosas que nunca le habrías contado a un compañero: preocupaciones, inseguridades, problemas con otros. Te sentías vista.

Y ese era exactamente el plan. Cada información que le dabas acababa formando parte de su arsenal. No de inmediato. No de forma evidente. Pero cuando llegaba el momento, la sacaba. Frío. Sin escrúpulos. Tu confianza era su herramienta. Tu apertura era su munición.

El titiritero

Lo que más me fascinó fue que no solo manipulaba personas. Manipulaba todo el sistema. La dirección, los procesos de decisión, el ambiente del equipo. Conseguía que casi toda decisión importante girara a su alrededor. No porque tuviera el poder oficial. Sino porque controlaba la percepción de todos.

Enfrentaba a las personas entre sí sin que se dieran cuenta. Esparcía información de forma estratégica para crear conflictos que le beneficiaban. Construía alianzas y las destruía según lo que necesitara en cada momento. Y todo eso con una sonrisa y la frase: «Solo quiero que a todos les vaya bien».

Caí en su trampa. Como muchos otros. Y no me avergüenzo. Porque esa es precisamente la fuerza de alguien con fuertes rasgos narcisistas: es tan bueno que incluso personas inteligentes y experimentadas tardan mucho en darse cuenta de lo que está ocurriendo. Hasta que es demasiado tarde.

El momento en que cae el telón

Un día empecé a verlo. No fue un gran momento. Fueron muchos pequeños. Contradicciones que se acumulaban. Promesas que nunca se cumplían. El patrón de que alguien caía en desgracia justo cuando se volvía peligroso para él. Y la revelación: las palabras nunca coincidían con los hechos. Nunca.

Entonces hice lo único que de verdad hiere a un narcisista: dejar de alimentarlo. Le retiré mi atención. Mi confianza. Mi energía. Dejé de ser su público.

Con eso empezó la guerra.

Cuando el narcisista contraataca

Atacó. Abiertamente y en la sombra. Sobre todo a través de terceros sobre los que ya tenía influencia. Compañeros que, de pronto, hablaban conmigo de otra manera. Información que ya no me llegaba. Reuniones a las que ya no me invitaban. El clásico repertorio del aislamiento.

Solo había paz cuando había encontrado un nuevo objetivo. Entonces me dejaba tranquila. Durante poco tiempo. Hasta que volvía a fijarse en mí. Y yo observaba, atónita, cómo la siguiente víctima recorría el mismo camino: confianza, apertura, manipulación, destrucción.

Lo más asombroso era que, incluso cuando advertía a nuevos compañeros y les explicaba la estrategia al detalle, caían igualmente en su trampa. Porque era extraordinariamente convincente. A veces incluso admiraba sus maniobras. No desde un punto de vista moral, sino intelectual. Era una persona extremadamente inteligente. Y utilizaba cada gramo de esa inteligencia para destruir a otros.

Un cáncer con corbata

Su influencia se extendió por la empresa como un cáncer. Departamento por departamento. Relación por relación. La empresa enfermó de verdad. El trato humano desapareció. La cultura empresarial que un día existió ya solo sobrevivía en la página web. En la realidad reinaban el miedo, la desconfianza y la parálisis.

Al final me fui. Sabiendo que abandonaba un barco que se hundía. No porque hubiera tirado la toalla. Sino porque entendí que no se puede curar un sistema desde dentro cuando el propio sistema protege al virus.

No es un caso aislado

Mi historia no es un caso aislado. La investigación lleva años estudiando lo que se conoce como la Tríada Oscura de la personalidad: narcisismo, psicopatía y maquiavelismo. No existen cifras exactas sobre cuántas personas presentan estos rasgos, y mucho menos sobre cuántas ocupan puestos de liderazgo. Lo que sí muestran numerosos estudios es que este tipo de personalidades aparece con más frecuencia en posiciones de poder que en la población general. No porque el poder las convierta en eso, sino porque el poder resulta especialmente atractivo para ellas. Y porque muchas de las características que las hacen peligrosas —el carisma, la seguridad en sí mismas o la capacidad para imponerse— suelen confundirse con liderazgo.

Lo que desde fuera parece competencia, en realidad es cálculo. Lo que parece encanto, es manipulación. Y lo que suena a cuidado, es recopilación de información.

Por cierto: el narcisismo no tiene género. Pero lleva distintas máscaras. A quien le interese profundizar en la investigación, en mi artículo de blog «El narcisismo no tiene género, solo máscaras distintas» encontrará los estudios, las fuentes y algunas sorpresas.

Lo que sé hoy

A un narcisista no lo reconoces el primer día. Ni el décimo. Lo reconoces por el patrón que se va construyendo durante meses. Por la discrepancia entre las palabras y los hechos. Por la sensación con la que llegas a casa después de una conversación, sin saber exactamente por qué de repente te sientes mal.

Hoy presto atención a esa sensación. Es el sensor más fiable que tengo. Cuando alguien parece demasiado perfecto, demasiado interesado, demasiado encantador, me vuelvo cautelosa. No desconfiada. Cautelosa. Porque el calor genuino no necesita demostrarse. Simplemente está ahí. Sin segundas intenciones.

Y he aprendido algo más: no puedes salvar a los demás. Puedes advertir, informar, compartir tu experiencia. Pero mientras alguien siga bajo el hechizo de una persona así, no te creerá. Eso no es un fracaso. Es el poder de la manipulación. Solo quien está dentro puede romper ese hechizo.

A todas las que ahora mismo están sentadas al lado de uno

Si estás leyendo esto y piensas: «Esto me suena». Ese compañero. Esa jefa. Ese socio. Entonces haz caso a tu sensación. No a sus palabras. Las palabras son su herramienta. Tu sensación es tuya.

No eres tonta por haber caído. Eres humana. Confiaste en alguien que no merecía tu confianza. Eso no dice nada de ti. Lo dice todo de él.

Y a veces el paso más valiente no es luchar, sino irse. Porque reconoces que ese barco ya no se puede salvar. Pero tú sí.

¿Has trabajado alguna vez con una persona así? ¿Cómo la reconociste? ¿Y qué hiciste? Cuéntame tu historia. Porque cuanto más hablemos de ello, menos poder tendrán sobre nosotros.

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