Una columna de Ramona Blanco García Wolff
Desde que dejé de trabajar por cuenta ajena, para mí todos los días son sábado. Salvo cuando estoy de vacaciones. Entonces todos los días son domingo.
La frase se me ocurrió el otro día, así, sin más. Y cuanto más pienso en ella, más significado le encuentro.
Por qué sábado y no domingo
Porque el sábado no significa no hacer nada. El sábado es el día en que haces cosas. Tienes planes, tienes energía, haces recados, avanzas, sales. Pero lo haces porque quieres. Nadie te dice a qué hora tienes que empezar.
El domingo es otra cosa. El silencio. El no tener que hacer nada. Está bien, pero en su justa medida. Por eso, para mí, los domingos son las vacaciones. Unas semanas al año. No más.
Así que no he dejado de trabajar. He dejado de trabajar según las reglas y los horarios de otros. Y la diferencia es enorme. Una diferencia que solo entiendes cuando has vivido las dos cosas.
Dos tipos de viernes por la tarde
En mi vida profesional hubo dos tipos de viernes por la tarde.
El primero era maravilloso. Me gustaba mi trabajo, estaba en un buen entorno y, cuando llegaba el viernes por la tarde, aparecían esas ganas de fin de semana. De hacer todas esas cosas para las que durante la semana nunca había tiempo. El fin de semana era otro país y yo entraba en él por todo lo alto.
El segundo llegó durante mis últimos dos años. Para entonces, los viernes ya no había ilusión. Solo agotamiento. Llegaba literalmente K.O. Y necesitaba el fin de semana entero para recuperarme. No para hacer cosas. No para disfrutar. Para volver a ponerme en pie.
El fin de semana robado
Y ahí está precisamente algo que entonces no fui capaz de ver: durante esos dos años, en realidad, yo ya no tenía fines de semana. Tenía tiempo de recuperación.
El sábado y el domingo le pertenecían al trabajo tanto como el lunes o el jueves. Solo que funcionaban como un taller de reparaciones. Dos días para arreglar los daños que habían causado los cinco anteriores. Y el domingo por la noche estaba lo suficientemente recompuesta como para volver a cruzar aquella puerta el lunes.
Un entorno tóxico no solo te roba las horas que pasas trabajando. También te roba tu tiempo libre. Se lo traga sin pedir permiso.
Así que no solo recuperé mi semana. Recuperé también mis fines de semana.
Y esa fue la mayor ganancia.
Lo que ha desaparecido
También hay que decirlo: algo se pierde.
Esa euforia de los viernes a las cinco ya no existe. Cuando todos los días son sábado, ninguno es especial. El fin de semana ha perdido parte de su brillo porque ya no existe ese contraste.
Pero, a cambio, también ha desaparecido otra cosa.
Y ese cambio sí que merece la pena.
La pesadez del domingo por la tarde. Ese nudo en el estómago hacia las seis, cuando el lunes empieza a aparecer en el horizonte. Esas horas en las que tu cuerpo sigue sentado en el sofá, pero tu cabeza ya está en la oficina.
Millones de personas conocen esa sensación. Algunas incluso creen que es normal.
Yo ya no la conozco.
Y no la echo de menos ni un segundo.
Hoy, el domingo por la tarde-noche es para mí como cualquier otro momento del día. No anuncia nada. No amenaza con nada. Es simplemente eso: una tarde que se convierte en noche.
Lo que sí echo de menos
Hay algo que sí echo de menos de verdad, y no quiero restarle importancia: el contacto con los compañeros.
Esos pequeños momentos que surgen sin planearlos. La conversación rápida entre dos reuniones. Esa mirada cómplice cuando alguien acaba de soltar una barbaridad. Las risas en el pasillo.
Solo cuando ya no están te das cuenta de cuánto te ayudaban a sobrellevar el día.
Pero la libertad que he ganado a cambio es mayor. Muchísimo mayor.
Y ese balance no lo hago una vez al año. Lo hago prácticamente todos los días.
Y siempre me salen las cuentas.
Cómo es uno de esos sábados
Poder organizar mi tiempo como yo quiera. Ese es el verdadero fondo de la cuestión.
Si estoy creativa, trabajo. A veces durante horas. A veces del tirón, porque hay una idea que está ahí y necesita salir.
Y si no hay ninguna idea, si ese día no me apetece, hago otra cosa. Leo un buen libro. Salgo en bici con mi marido. Llamo a una amiga. Quedo con ella. Depende del día y de cómo me sienta.
Ese es el verdadero regalo.
No que ya no tenga que hacer nada.
Sino que puedo escucharme y decidir en función de cómo estoy.
Quien trabaja de forma creativa sabe que las ideas no se pueden pedir por encargo. Llegan cuando les da la gana.
Antes muchas veces aparecían un miércoles a las diez y media de la mañana, en plena reunión, cuando no podía hacer absolutamente nada con ellas.
Ahora llegan.
Y yo tengo tiempo para ellas.
Todos los días son sábado.
Eso no significa que trabaje menos. Significa que ya no tengo que aguantar toda la semana para poder empezar a vivir el fin de semana.
Vivo los siete días.
Y la mayoría de ellos también trabajo.
Pero porque quiero.
De por qué durante mucho tiempo una agenda llena fue para mí una prueba de que valía y por qué hoy ya no lo es, hablé en «Mi calendario ya no es una prueba».
¿Y tú?
¿Los viernes todavía sientes esa ilusión por el fin de semana o simplemente llegas agotada?
¿Y qué sientes los domingos por la tarde?
Cuéntamelo.
La respuesta a esa pregunta dice mucho más sobre tu trabajo que cualquier certificado.